sábado, 12 de julio de 2014

...cuando no me miras.

No hay nada el mundo que me guste más que esos ojos marrones, brillantes, se unan a los míos en un solo mirar, en una sola dirección. Puede que me esté volviendo loco ahora que no te tengo, o quizá siempre lo estuve en cierta forma. Solo sé que no hay momento del día que no cierre mis ojos y encuentre los tuyos, con su brillantez, brindándome un mundo nuevo, una paz interior, una plenitud que ni yo mismo he sido capaz de encontrar antes de que llegaras a mi vida.

En muchas ocasiones me han comentado que los ángeles existen. Esos ángeles nos cuidan, nos abrazan, nos protegen, no nos dejan caer y nos levantan cuando nuestras rodillas son raspadas por la dureza del asfalto. Si bien no sé identificar un ángel a primera vista, creo que tú eres uno de ellos. Desde que asomaste tu sonrisa a través de aquella puerta hace ya más de diez años, te convertiste en lo que todos llamarían “salvador”, pero, para mí no solo has sido eso, un salvador, sino que pasaste a ser el tesoro más valioso que podían haberme entregado en la vida.

Ahora duermes en nuestro lecho, uno que compartimos desde que aquel día no soportara el hecho de tenerte lejos de mi tantas horas. Estás abrazado a mi almohada, a nuestra almohada. Balbuceas palabras inconclusas en un lenguaje que aún no consigo descifrar, y tus ojos, aquellos ojos de los que me enamoré un día, están cerrados, no me miran, pero sé que más allá de tus sueños, estoy yo, embobado y enamorado de esa mirada encantadora y de ese futuro que ahora, perseguimos con el día a día.

No hay comentarios:

Publicar un comentario